Las ocasiones especiales están para aprovecharlas y disfrutarlas al máximo. Y es que, no nos engañemos, así es como hay que empezar a plantearse cada una de las visitas que realizan a nuestros escenarios bandas tan icónicas y longevas como Saxon. Parece que siempre han estado ahí y que siempre van a estarlo. Pero, por motivos obvios e inevitables, cada vez está más cerca el que será el hipotético último vuelo del “Águila” británica. No, ni mucho quiero ser agorero o pesimista, sino más bien ponderar el esfuerzo y el sacrificio de unos músicos como Biff Byford y Nigel Glockler, quienes han sobrepasado ya holgadamente la setentena. Ya nos lo anunciaron a principios de la década de los ochenta en “Never Surrender”, y podríamos decir que se han mantenido fieles a esta declaración de intenciones. Han pasado épocas mejores y otras en las que han tenido que navegar contra la corriente que marcaba en ese momento la industria. Sin embargo, y sin excepción, siempre han contado con el respaldo y el apoyo incondicionales del público del heavy metal. Y eso es algo de lo que pocas formaciones pueden presumir tras haber pasado medio siglo desde que dieran sus primeros pasos como banda en Barnsley.
Teniendo en cuenta todo lo anteriormente expuesto, no puede haber dudas al respecto. Se lo han ganado a pulso: son sinónimo de heavy metal, tanto por actitud, imagen e, indiscutiblemente, por su sonido. Los últimos tiempos no han sido propicios para los británicos, ya que los problemas de salud de su frontman les han tenido en vilo, obligándoles incluso a posponer la presente gira, que inicialmente estaba prevista para septiembre del pasado año. “Hell, Fire And Damnation” es hasta la fecha su última referencia de estudio y, lo cierto es que no es un disco más dentro de su prolífica trayectoria, ya que ha sido el primero que han grabado con el guitarrista Brian Tatler (Diamond Head), que es quien se encargó de cubrir la vacante que dejó Paul Quinn en 2023. El resto de la formación continúa inamovible desde hace lustros, completada por el guitarrista Doug Scarratt y la sección rítmica que conforman el incombustible bajista Nibbs Carter y el batería Nigel Glockler.
Por supuesto, no podía ser de otra forma; el grueso de la audiencia que abarrotó la sala grande del Razzmatazz era veterana, curtida en mil batallas y, sin duda, para la mayoría de los presentes el de esta noche no era el primer encuentro con Byford & Cía. Las expectativas eran, pues, altas. Los británicos siempre acostumbran a dejar unas inmejorables sensaciones en vivo y, afortunadamente, esta noche de viernes en la ciudad condal no fue una excepción. El ambiente fue espectacular, el de las grandes ocasiones, el que moviliza a los asiduos y también a los que ya no se dejan ver tanto por las salas como antaño. En definitiva, que nadie quiso perderse el retorno de los británicos.
Al acceder al local, a través de las escaleras que dirigen al piso superior, para evitar aglomeraciones en la zona de “merch”, una sala ya prácticamente llena aguardaba impaciente el inicio del show. A diferencia de lo que suele ser habitual, esta noche Saxon se presentaba en solitario, sin banda de apertura, y es que ese repaso de himnos heavymetaleros y la revisión del mítico “Wheels of Steel” (1980) conformaban un “menú” de lo más suculento. Una inmensa lona se encargó de ocultar el montaje escénico de miradas indiscretas, a la vez que una retahíla de himnos clásicos, mayoritariamente de la década de los ochenta, servía como improvisada banda sonora tanto para consumir la espera como para acompañar el reencuentro entre colegas que hacía años que no coincidían.
Con unos pocos minutos de retraso sobre el horario inicialmente previsto, finalmente caía el telón que ocultaba el escenario, dejando ante nuestros ojos una gran tela en la que lucía imponente e imperial el nombre, con la tipografía clásica, de los protagonistas de la velada. Justo debajo, una colección de amplis en los que podía distinguirse el icónico águila y en medio la tarima donde estaba ubicado el kit de batería de Nigel Gockler. El acceso a esa tarima se realizaba a través de los tres pequeños tramos de escalera que la rodeaban. Fue precisamente sobre esa tarima donde aparecieron los miembros de la banda tras sonar la introducción de su última obra. La pieza que presta título a su último redondo fue la elegida para romper el hielo. Como siempre, el incombustible Biff apareció en escena luciendo su mítica melena, ahora ya plateada, y su inseparable abrigo largo de botones para liderar a sus compañeros. La reacción del respetable fue efusiva, demostrando el respeto y la devoción que el público barcelonés profesa a los británicos, y es que vimos como un personal entregado entonaba con el puño en alto el estribillo de “Hell, Fire And Damnation”. Con la principal incógnita resulta, nuestro Biff seguía siendo el mismo de siempre; llegaba el momento de que el veterano frontman sacudiera la melena tras anunciarnos la llegada del primero de los clásicos incontestables que sonarían a lo largo de las casi dos horas que duró el show: “Power and the Glory”.
Los que ya habíamos tenido ocasión de ver a la banda con Brian Tatler ya lo sabíamos; el líder de Diamond Head se ha adaptado como un guante al engranaje de Saxon, hasta el punto de que parece que ha estado ahí toda la vida. Me gustó mucho verle compartiendo protagonismo con Doug Scarratt a la hora de atacar piezas tan rotundas, certeras y netamente heavy metaleras como la que prestaba título a su trabajo de 2013, “Sacrifice”. La segunda y última concesión que se permitieron a su material más reciente llegaría en forma de “Madame Guillotine”, que, pese a seguir manteniendo el nivel de potencia e intensidad, tuvo una recepción bastante más discreta, dejando claro que seguramente no se mantendrá en los repertorios de la banda de cara a futuras giras.
Como ya he comentado, entre el público había mucho fan veterano, de esos que vienen siguiéndoles y acompañándoles desde la década de los ochenta. Y precisamente fueron estos fans los que se dejaron notar con fuerza al dar el pistoletazo de salida a una vieja tradición en los conciertos en nuestro país de la banda británica: “la lluvia de chalecos”. Así que, tras el pertinente reparto, llegaba el momento de atacar otra de las que se ha convertido en imprescindible en todas sus descargas: “Heavy Metal Thunder”, que nos azuzaba con sus enérgicos riffs antes de que todos levantáramos el puño para corear su inmortal e iniciático estribillo. Toda una declaración de intenciones que sigue conservando plena vigencia y que continúa poniendo los pelos de punta al personal cada vez que suena en directo. Y es que esta noche hubo potencia, heavy metal, nostalgia y, por supuesto, también una interminable sucesión de buenas melodías, como las que conformaron “Dallas 1 PM”, que nos dejaba a toda la banda perfectamente alineada mientras Biff nos grababa con su teléfono justo antes de que Mr. Scarratt nos deleitara con un fantástico ejercicio solista.
Ya nos lo habían anunciado. Saxon tenían intención de llevar al directo de forma íntegra su clásico “Wheels Of Steel”, el disco que inició su gloriosa andadura tras firmar un interesante debut en las postrimerías de la década de los setenta. Con la frescura, la macarrería y la energía que impregnaba aquella obra definitiva y definitoria de lo que fue la N.W.O.B.H.M., arrancaba la vacilona “Motorcycle Man”, con la que, según palabras del propio Biff, nos hacían retroceder a una época en la que no había móviles, ni Facebook, ni TikTok, ni tampoco CDs, ni streaming. Un feeling similar, aunque salpicado si cabe de una flema aún más intensamente rockera, serviría para hacernos disfrutar intensamente de “Stand Up And Be Counted”. Fue precisamente en la parte intermedia del tema cuando pudimos apreciar por primera vez el crujido de un amplificador que nos acompañaría el resto de la velada. No fue nada flagrante, pero sí que desmereció un poco la calidad de sonido.
En cualquier caso, eso no consiguió aplacar la euforia del personal que prosiguió esta particular travesía, acompañando con vítores y palmas el arranque de otra de las que ha perdurado en el repertorio de los británicos hasta nuestros días: “747 (Strangers In The Night)”, que se convirtió en la enésima excusa para que Biff nos hiciera cantar su melódico e hímnico estribillo como si no hubiera mañana mientras el huracán Nibbs Carter recorría incansablemente el escenario sin dejar de hacer headbanging. Mientras Biff contemplaba exultante al público con los brazos tras la espalda, las guitarras nos proponían, sin previo aviso, el inconfundible riff de “Wheels Of Steel”, provocando que la sala se viniera literalmente abajo. Y es que fue una auténtica pasada ver a toda la banda posicionada en el filo del escenario agitando las melenas antes de que el incombustible frontman diera un paso al frente para elevar el micro y dejar que el personal fuera quien se encargara de hacer retumbar los cimientos del local al entonar su majestuoso estribillo.
Si alguien pensaba que los años iban a pesarle a la irrepetible formación británica, no podía estar más equivocado. El ritmo en este tramo central del show fue trepidante, con el quinteto enlazando una canción tras otra, sin concedernos tiempo para recuperar el aliento. Quizás no fuera de los temas más celebrados; sin embargo, “Freeway Mad” servía para plantarnos en pleno rostro una buena muestra de ese rock potente, duro y acelerado, con Biff estirando en algún agudo para provocar la algarabía de los presentes. Suele ser habitual cuando se interpreta un disco clásico entero, y es que hay composiciones que no han calado tan hondo entre los seguidores como otras. Y, aunque la fiel parroquia de Saxon estaba avisada y traía la lección bien aprendida, es cierto que cortes como el rocoso medio tiempo “See The Light Shining” acabaron pasando algo más desapercibidos, por lo menos si tenemos en cuenta la reacción del público. Además, fue este uno de los temas en los que Brian Tatler recabó el protagonismo solista a las seis cuerdas. Precisamente serían ambos hachas quienes se encargaron de lanzar el devastador y marchoso ataque que supuso “Street Fighting Gang”, que nos dejaba con el frontman aferrado a su pie de micro mientras permanecía flanqueado por sus compañeros para certificar otra pieza de alto octanaje rockero.
Con Carter castigando con severidad las cuerdas de su bajo, encaramado sobre la tarima de la batería, y contando con el apoyo de las palmas del personal, arrancaba la más comedida y melódica “Suzie Hold On”. Memorable fue el arranque con ambos hachas doblando sus guitarras antes de que Biff nos pusiera a dar palmas, escenificando, una vez más, la perfecta sintonía entre los británicos y su parroquia de incondicionales. Era el capítulo final de este tramo de show, todos lo sabíamos; la pieza que cierra el álbum “Machine Gun” sonó rotunda, veloz y certera, como un puñetazo de puro y auténtico heavy metal que sirvió para que volviéramos a ejercitar las cervicales.
Una vez zanjado el capítulo dedicado a repasar el material de su segundo largo de estudio, tocaba encarar la recta final del show. Así que la mejor opción era volver a invocar la hermandad metalera para aunar nuestras gargantas y entonar “Demin And Leather”. La escala en lo que fue su cuarta entrega discográfica, que publicaron en la segunda mitad de 1981, sería doble, ya que la siguiente en sonar fue “And The Bands Played On”. El delirio continuó. No podía faltar. Quizá, a nivel global, “Crusader” no sea un clásico incontestable para los fans de Saxon. Sin embargo, es una pieza que, tanto en Italia como en nuestro país, tiene un arraigo especial, hasta el punto de que sería casi un sacrilegio que se dejaran caer por aquí y no la tocaran. La banda lo sabe, y no quiso decepcionar a sus fieles. Fue vitoreada, celebrada y se coreó intensamente su melodía, amén de estar acompañada por los “oes" con el puño en alto para volver a convertirse, una vez más, en uno de los puntos culminantes del show.
Lamentablemente, la descarga estaba tocando a su fin. Saxon habían vuelto a denostar sobre las tablas —que es donde hay que hacerlo—, que siguen siendo una de las formaciones más grandes dentro del heavy metal. Toda una institución y un referente indiscutible a la hora de hablar del estilo, tanto en pasado como en presente. Tocaba, pues, tributarles una despedida que estuviera a la altura. Así que los fans reclamamos nuestra particular cuota de protagonismo durante una descomunal “Princess Of The Night”, que ponía la sala literalmente patas arriba y nos dejaba con la sensación de haber vivido otra noche irrepetible de manos de una banda que sigue haciendo crecer su leyenda, sentando cátedra cada vez que pisa un escenario. Sin duda, lo mejor fue ver a la banda en un buen estado de forma e irnos para casa con un buen sabor de boca y con las palabras de Biff todavía resonando: “El año que viene, nuevo disco y visita”.
TEXTO:ALFONSO DIAZ
FOTOS:ALFREDO RODRIGUEZ ESPADA



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