martes, 20 de octubre de 2026

DEEP PURPLE+JAYLER-SANT JORDI CLUB-BCN-19-OCT-2026


Son una de las formaciones más influyentes y respetadas de la música contemporánea. Aunque nunca fueron una banda de heavy metal, DEEP PURPLE conforman, junto a BLACK SABBATH y LED ZEPPELIN, la “santísima trinidad” que dio forma a un estilo que ha perdurado hasta nuestros días, y lo que le queda. Los británicos tienen una lista inacabable de clásicos y pueden presumir de haber grabado uno de los riffs más memorables y repetidos por cualquier guitarrista, independientemente de su nivel. Además, buceando en su frondoso árbol genealógico podemos encontrar conexiones con otras formaciones míticas, como los ya mencionados BLACK SABBATH, WHITESNAKE, RAINBOW o TRAPEZE. Recitar de memoria la lista de músicos que han formado parte de esta leyenda viva del rock sería prácticamente imposible. Eso sí, lo que todos ellos han tenido en común es que han compartido escenario con el incombustible batería Ian Paice. De una de sus encarnaciones más míticas todavía quedan junto a él su par rítmico, el bajista y productor Roger Glover, y el vocalista Ian Gillan. Por el camino quedaron el malogrado maestro de los teclados, el inimitable Jon Lord, fallecido en 2012, y el malencarado “Hombre de Negro”, el único e irrepetible Ritchie Blackmore. A las teclas, desde hace prácticamente un cuarto de siglo, nos encontramos con otro peso pesado de la escena, como es Don Airey, mientras que para esta última etapa cuentan, tras la salida de Steve Morse, con Simon McBride.

Muchos podrían pensar que estos ilustres veteranos, que rondan la ochentena cuando no la han superado, deberían estar en sus mansiones disfrutando de un merecido retiro. Sin embargo, el escenario es una “droga dura” y DEEP PURPLEsiguen agrandando su leyenda publicando nuevos trabajos, como su más reciente “Splat!”, y, lo que es más importante, girando por todo el mundo y dando a los más jóvenes la oportunidad de recibir una clase magistral de rock de manos de uno de sus creadores indiscutibles. Sí, por supuesto, los DEEP PURPLE de 2026 poco tienen que ver con los de principios de los 90, que es cuando un servidor tuvo ocasión de verlos por primera vez, en aquella ocasión con Joe Satriani ocupando el lugar del fugado Blackmore. Sin embargo, no tenía la menor duda de que esta nueva visita de los británicos a tierras catalanas, quién sabe si la última, iba a contar con el respaldo de sus seguidores. Así que no me sorprendió ver que el Sant Jordi Club albergaba una notable entrada, congregando a seguidores de diferentes generaciones pero con un objetivo común: volver a sentir en primera persona la magia del rock.


No obstante, antes de que diera comienzo el esperado ceremonial rockero, el suculento plato fuerte de la noche, tendríamos ocasión de amenizar la espera con la presencia de una joven banda, todavía poco conocida por estos lares: JAYLER, quienes, además de formar parte de la presente gira, han compartido previamente tablas con otra leyenda como “The Red Rocker”, el incombustible californiano Sammy Hagar. Mientras la lluvia empezaba a hacer acto de presencia fuera y los más madrugadores accedían al recinto para ponerse a cubierto, aparecía en escena al cuarteto de West Midlands. Lo primero que llamó la atención fueron sus pintas, luciendo jeans de campana, camisas coloridas anchas y abiertas y frondosas melenas. En definitiva, un look de lo más setentero que, en el caso de su vocalista y frontman James Bartholomew, denotaba la pasión reverencial por Robert Plant y los inigualables LED ZEPPELIN. Y es que cualquiera que haya escuchado su primer largo de estudio, “Voices Unheard”, habrá podido percibirlo también. Huelga decir que su propuesta, en principio, era de lo más afín a un público mayormente veterano.

Salieron con las pilas bien cargadas, empujando con el ímpetu de la juventud, rockeando intensamente desde que abrieron fuego con “Down Below”, que incluyó varios pasajes en los que su efervescente frontman se hizo cargo también de la armónica. Fue instantáneo: bastó con ver su imagen y escuchar tan solo un par de minutos su rock and roll, enérgico y clásico a partes iguales, para que los británicos contaran con la atención de un público que se dejó arrastrar por el torrente contenido en “The Getaway”, que nos abocaba hacia la orgía guitarrera que nos brindó Tyler Arrowsmith.

Además de mostrar unas excelentes aptitudes como vocalista y, por supuesto, como frontman, James dejó patente su destreza a la hora de empuñar la guitarra, y es que en los números en los que se encargó también de la guitarra, “No Woman” o la final “The Rinsk” —en la que, por cierto, colaron un fragmento del clásico de BLACK SABBATH“Paranoid”, que fue bastante celebrado—, se hizo también cargo de los solos principales. No obstante, donde más destacó el joven vocalista fue a la hora de involucrar al personal, ya fuera haciéndonos cantar o a la hora de desplegar las influencias sureñas contenidas en temas como “Riverboat Queen”, cuya letra, según nos comentó, habla sobre la industria musical.

No cabe la menor duda de que la de JAYLER es una propuesta de rock clásico. Su amor por el rock and roll más añejo es indiscutible. Así que durante su escueta presentación tampoco faltó algún guiño a otros imprescindibles, como THE WHO, en los rotundos guitarrazos que marcaron “Need Your Love”, o el enésimo guiño hacia la banda de Page y Plantdurante “Over The Mountain”, con James a pecho descubierto mientras correteaba y animaba incansablemente al respetable. En definitiva, muy buena descarga de unos JAYLER que dejaron claro a su paso por la ciudad condal que hay relevo para el rock and roll.


Seguramente, si alguien le hubiera comentado a Ian Paice cuando era joven que iba a publicar discos en las siguiente seis décadas, el batería no le hubiera creído. Pocas bandas pueden presumir de semejante gesta y, lo que es todavía más importante, de seguir publicando trabajos y defenderlos en directo. Si la memoria no me falla, la última vez que DEEP PURPLE pisaron tierras catalanas fue en el verano de 2024, como parte del Barcelona Rock Fest, y lo hicieron contando ya con la presencia de Simon McBride. He de admitir que fui de los que se tomó aquel concierto casi como una despedida, por razones obvias. Sin embargo, los británicos no dejan de sorprender a sus seguidores y, tras publicar a principios del pasado mes de julio su vigesimocuarta entrega de estudio, “Splat!”, regresaban al Sant Jordi Club de la capital catalana. Fue una tarde difícil: lunes lluvioso y con la amenaza de que las alertas alteraran el desarrollo cotidiano en la ciudad y sus alrededores. Y, sin duda, eso acabó siendo un factor clave para que el Sant Jordi Club no presentara un aspecto más concurrido.

Otros podrán alegar que no acudieron a la cita porque la banda ya no es lo que era. Y, seamos sinceros, los que tuvimos ocasión de verlos en épocas pretéritas podemos dar fe de ello. Sin embargo, no podemos obviar que estamos hablando de unos músicos veteranos, que ya no tienen nada que demostrar a nadie y que, si siguen en activo y girando, es por amor a la música y, por supuesto, por lealtad a sus seguidores. Por supuesto, Ian Gillan ya no llega a las tonalidades imposibles que alzaba en décadas pasadas. Su registro muchas veces resulta inconsistente, pero todavía puede percibirse ese timbre que siempre le ha caracterizado. El vocalista realiza un esfuerzo titánico a la hora de atacar los temas más clásicos, y eso es algo que se percibe en su lenguaje corporal, completamente contraído para sacar los registros prácticamente desde sus entrañas. Mucho más cómodo se le pudo ver a la hora de encarar temas más recientes, en tempos más relajados y en los que el “swing” rítmico predomina sobre la garra y la fuerza rockera. Cabe destacar que, para dosificar al veterano vocalista, la banda opta por una dinámica de show en la que cada dos o tres temas hay un solo o un largo desarrollo instrumental que permite a Gillan reponerse para encarar “otro asalto”. Y es que huelga decir que DEEP PURPLE son “perros viejos” del negocio y saben cómo adaptarse a sus actuales circunstancias.

Si antes hemos hablado del vocalista como el eslabón más débil del combo británico, donde no se puede poner ninguna pega es en el desempeño de una banda que instrumentalmente se mostró absolutamente intratable y que sonó de lujo. Si empezamos por los más veteranos, el baterista Ian Paice fue el motor de la banda, sosteniendo a sus compañeros sin perder el compás en ningún momento y formando un tándem rítmico absolutamente impecable junto al bajista Roger Glover. Ambos estuvieron en un estudiado segundo plano, sin reclamar excesivas atenciones, pero siendo ese seguro de vida que necesita cualquier banda para sonar sólida y compacta. El teclista Don Airey fue, para un servidor, el gran triunfador de la noche. Resulta absolutamente indiscutible el protagonismo que poco a poco ha ido ganando en la banda. Durante el show le vimos moverse con absoluta soltura por diferentes registros, alternando momentos clásicos con pasajes elegantes, otros más bailables, desarrollos más rockeros… Además, me encantaron las tomas que pudimos ver a través de la gran pantalla que presidía el escenario y que nos mostraba cómo sus dedos acariciaban sus teclados.

Evidentemente, muchas miradas estaban puestas en Simon McBride, la última incorporación de la banda y, obviamente, el miembro más joven de la misma. No debe de ser tarea fácil calzarte las botas del “Hombre de Negro” y de Steve Morse —obviaré aquí la figura de Tommy Bolin, ya que la banda no recuperó ningún tema de su etapa—. Sin duda, lo que más me gustó de Simon McBride fue su capacidad para hacer suyos los temas. No me dio la sensación de que en ningún momento quisiera emular el sonido de sus antecesores, aportando su toque personal a sus solos. Si hablamos de estilo, personalmente me pareció que tenía muchos más puntos en común con la orientación blues/rock de Morse que con los excesos neoclásicos de Blackmore. Sea como fuere, mi sensación al final del concierto fue que, curiosamente, el tándem Airey/McBride marca a día de hoy la personalidad de la mítica formación británica. En cuanto a lo que fue el montaje escénico, he de admitir que no me esperaba nada grandilocuente. DEEP PURPLE siempre fueron de aquellas bandas que buscaban que todo girara en torno a su música. Y, obviamente, a estas alturas de la película eso no va a cambiar. Así que les bastó con la batería de Ian Paice, con el nombre de la banda, esquinada ligeramente a un lado, los teclados de Don Airey al otro y unos cuantos amplificadores. Eso sí, presidiendo el escenario tuvimos una gran pantalla, a modo de las de cine, por la que, además de las proyecciones que hicieron las veces de introducción, pudimos ver imágenes de lo que acontecía sobre el escenario junto a diferentes efectos, algunas proyecciones y fragmentos de algunos de sus vídeos más recientes. El sonido, como comenté anteriormente, fue impecable.

Con puntualidad inglesa, a las 21 horas, las luces del local se apagaban y la gran pantalla trasera empezaba a mostrarnos una serie de imágenes a modo de introducción que nos retrotraían a los lanzamientos de la banda, de todas sus épocas y formaciones; una de las más aplaudidas fue la imagen de Jon Lord en la portada de “Burn” (1974), concluyendo nuestra travesía en un paisaje distópico en el que predominaban las tonalidades azules y que nos recordaba a la portada de su más reciente “Splat!”. No obstante, para dar el pistoletazo de salida al show optaron por uno de sus clásicos setenteros, “Highway Star”. La explosión de euforia fue total cuando el personal reconoció el tema, y más aún cuando Gillanapareció en escena. Sin embargo, el “suflé” bajó ligeramente cuando el vocalista empezó a atacar las primeras estrofas. Ataviado de forma informal, con jeans y camiseta negra, Gillan se esforzó al máximo por sacar adelante el tema, contando con el apoyo y el beneplácito de unos seguidores que agradecieron el afán del vocalista. Sin darnos tiempo a recuperarnos de la primera toma de contacto, y con el vocalista ausente del escenario, Glover y Paice tomaban las riendas del show para adentrarnos en “A Bit On The Side”, que nos dejaba a un Gillan bastante más relajado y con Simon dejándonos una buena muestra de lo que su guitarra ha aportado a los actuales PURPLE.


Creo que todos éramos conscientes de que la velada iba a ser un viaje en el tiempo, una travesía en la que, pese a quedarse muchos himnos fuera, íbamos a tener la ocasión de disfrutar de algunas piezas que por derecho propio se han convertido en imprescindibles para cualquier seguidor de la música y, por supuesto, para todos los amantes del hard rock. “Into The Fire”, el primer guiño que se permitieron al venerado “In Rock” (1970), fue recibido con pasión por un público que se dejó arrastrar por su incontenible caudal rockero mientras el escenario se teñía de rojo y Gillan apretaba, aún más, los puños para dejarnos algunos esforzados agudos que le valieron el reconocimiento de sus incondicionales. Tras el titánico esfuerzo tocaba reponerse, recuperar el resuello. Así que, tras darnos las buenas noches, el vocalista nos dejaba en manos de Simon McBride, quien, en un ejercicio solista, aprovechó para mostrarnos sus raíces más netamente blueseras, dejando claro que no pretende ser un clon de nadie y que tiene un estilo personal que lleva fraguando desde que, a mediados de los noventa, entró en SWEET SAVAGE para reemplazar a Vivian Campbell.

DEEP PURPLE son historia viva del rock. Los británicos tenían un nuevo trabajo que presentar. Así que, para abrir el capítulo dedicado a “Splat!”, el quinteto optó por el ritmo marchoso de “Arrogant Boy”, que me gustó especialmente por esa atmósfera casi sinfónica que aportaron los teclados de Mr. Airey. No dejarían de lado su material más reciente, ya que la siguiente en hacer acto de presencia fue la vacilona “Diablo”, acompañada de imágenes de su videoclip mezcladas con las de los músicos. No puedo dejar de destacar que fue en estos temas más recientes cuando la banda sonó mejor, ya que Gillan estaba más suelto, más relajado, sin tener que forzar. Algo perfectamente lógico si tenemos en cuenta que estos temas se han compuesto pensando en sus actuales prestaciones como vocalista. En cualquier caso, este tramo del show, que la banda remató con el primer solo de Don Airey, me pareció de lo mejor de la noche.

El retorno a las sonoridades setenteras llegaría con los aromas “hippiosos” que desplegaron a lo largo de la instrumental “Lazy”, que nos dejaba a Gillan en la parte trasera del escenario acompañando a sus compañeros con la pandereta. Un único y solitario recuerdo se permitieron a su material noventero, en forma de “Sometimes I Feel Like Screaming”, de “Purpendicular”(1996), que, pese a no ser de las más populares entre su parroquia, fue de las que más me gustaron, arrancando de forma sosegada para arrastrarnos posteriormente hacia el rotundo crescendo de su estribillo, que nos dejaba a Glover abandonando su posición para hacer piña junto al vocalista. Otra de las que demostró que todavía no ha conseguido ganarse el favor del público fue la más novedosa “Sacred Land”, pese a que Gillan se esforzó al máximo en su interpretación e incluso nos explicó en torno a qué giraba su letra. La encargada de recuperar el ritmo marchoso de la descarga fue “Lazy Son”, dándonos argumentos para volver a mover los pies siguiendo su ritmo enérgico y por momentos vacilón.

Acto seguido, Gillan volvería a abandonar el escenario para dejarnos nuevamente en manos del maestro Don Airey. El teclista volvería a acaparar todas las miradas, dejando de nuevo una buena muestra de su calidad y su destreza a la hora de abordar diferentes registros. Y ya que hablamos de Mr. Airey y su solo, me pareció cuanto menos curioso que el auditorio no estallara cuando amagó, en un par de ocasiones, con la melodía del clásico “Mr. Crowley”, que grabó para el primer disco de Ozzy. Donde sí reaccionó el personal fue al reconocer el himno del F.C. Barcelona, que gran parte del respetable coreó antes de tributar al teclista una cerrada ovación de gala. Uno de los momentos en los que el recinto se vino literalmente abajo fue durante “Perfect Strangers”, el tema que prestó título a la obra que marcaba el regreso de la formación clásica durante la primera mitad de los ochenta. Y no era para menos, ya que fue en este tema cuando los británicos presentaron el juego de luces más vistoso de toda la velada.

Así, tirando del único clásico ochentero del que echaron mano esta noche, arrancaba la que probablemente fue la mejor parte del show. Lo siguiente en llegar fue una doble ración de “Machine Head” (1972). La primera en sonar, con Roger Glover asumiendo, por primera y única vez a lo largo de la velada, los galones de mando, fue “Space Truckin’”, que servía para que el público se viniera arriba mientras no dejaba de cantar y bailar. Pero si hubo un tema que desató la locura e hizo retumbar los cimientos del local fue el inconmensurable “Smoke On The Water”. Poco se puede decir de lo que representa ese clásico riff para cualquier seguidor del rock, y una vez más volvió a quedar patente que es una composición que va más allá de épocas y estilos musicales. La mejor prueba fue ver cómo la cámara recorría la primera fila, mostrándonos a gente de diferentes generaciones cantar su inmortal estribillo.

Tras semejante subida de adrenalina tocaba encarar la recta final del show y, para ello, el quinteto quiso volver a dar rienda suelta a su faceta más melómana con la instrumental “Guinnesis”, una pieza que muchos no tenían controlada y que forma parte del material extra del último lanzamiento de la banda. Tocaba bailar, danzar, dejarse llevar por el torrente sesentero del que fue el primer gran hit de la banda: su versión del “Hush” de Joe South, que grabaron con el que fuera su vocalista original, Rod Evans. Nuestro viaje a través de la historia de la música y del rock estaba llegando a su fin. Pero, antes de despedirse de sus seguidores, DEEP PURPLE todavía tendrían ocasión de volver a hacer mover los pies al personal mientras cantábamos “Black Night”. Al final de la noche, ovación cerrada en reconocimiento al esfuerzo y a toda una vida dedicada a la música y a hacer felices a sus seguidores. Y como respuesta, el saludo de una banda sonriente y un Ian Gillan que quiso despedirse cantando a cappella “Goodnight Irene”.

No sé si esta noche fue la última de DEEP PURPLE en Barcelona; espero que no. Aunque, personalmente, creo que, si hubiera una ocasión más de disfrutar su música en directo, la mejor opción sería en un recinto más pequeño y acogedor, con el público sentado y con menos distorsión. En definitiva, apostando por un marco que no sea el del clásico concierto de rock. En cualquier caso, solo queda agradecer a la banda su longevidad y la devoción por unos fans que siguen respondiendo devotamente a su llamada.




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