La primera vez que escuché a Airbourne me gustaron y cuando los vi en directo me encantaron. Recuerdo salir de aquel primer asalto empapado, con una sonrisa dibujada en el rostro y con la incógnita de saber cuánto iba a durarles la gasolina. Desde entonces ha pasado ya más de una década y la formación que capitanean los hermanos O’Keeffe sigue ahí dando caña y al pie del cañón. Sin un nuevo largo que presentar, el combo australiano regresaba a la capital catalana para reencontrarse con unos seguidores que volvieron a acogerles con los brazos abiertos, completando todo el aforo de la sala grande del Razzmatazz, dejando claro que son una banda con un tirón incontestable y que han sabido ganarse a pulso esa reputación de “animales de directo”.
Nunca lo han escondido, siempre lo han llevado por bandera. Airbourne se han declarado discípulos y admiradores de Motörhead y en especial del irrepetible Lemmy Kilmister. Hasta el extremo de que el propio Lemmy maniobraba el camión donde iba la banda en el video-clip de uno de sus primeros hits: “Runnin´ Wild”. Así que mejor elección para abrir la velada y acompañarles que contar con una formación que también tiene mucho de sus compatriotas en su ADN: los británicos Asomvel.
Había ganas, muchas ganas, de disfrutar del directo del combo de Harrogate, ya que tuvieron que cancelar la anterior visita que tenían prevista por aquí. De modo que no fue una sorpresa que a la hora prevista para el inicio de su descarga la sala presentara ya un aspecto de lo más animado y concurrido. Su puesta en escena fue de lo más sobria. No necesitaron más que sus amplificadores parapetándoles, un gran telón de fondo con el nombre de la formación y un discreto, pero efectivo, juego de luces. Si entre los presentes había quienes todavía no les conocían, y no sabían qué tipo de música hacían, creo que bastó con ver a los miembros de la banda luciendo sus chupas de cuero y la estampa de su bajista y frontman, Ralph Robinson, que parecía la reencarnación del propio Lemmy, para intuir por dónde iban a ir los tiros.
Sin embargo, sería totalmente injusto tildar a la banda como unos clones más de Lemmy & Cía., ya que en su propuesta son claramente reconocibles las influencias del heavy metal ochentero, especialmente en el registro de Ralph con un timbre similar al de Blackie Lawless. Enmarcados en una disposición de lo más clásica, con la batería en el centro y flanqueada por sendas paredes de amplificadores, el cuarteto irrumpía en escena para dar el pistoletazo de salida a su descarga, nunca mejor dicho, con los fulgurantes riffs de “King Of The World”. Desde el mismo arranque quedó patente su decidida apuesta por esos riffs enérgicos y marchosos, que invitan a hacer headbanging y que resultaron ideales para que los más animados empezaran a ejercitar las cervicales mientras el olor a gasolina quemada se adueñaba del local.
Acogidos con la calidez y efusividad de un público que mostró su aprobación ante su propuesta, Asomvel no pararon de correr por el escenario, intercambiando constantemente sus posiciones mientras nos presentaban su vertiente más netamente heavy metalera al abordar los aromas ochenteros contenidos en “Louder & Louder”. Actitud, macarrería, rock n´ roll y la voz cazallosa y rasgada de su frontman fueron la mejor combinación para que banda y público conectaran rápidamente. Por si alguien aún no se había enterado, Ralph se encargó de proclamar el nombre de la banda antes de invitarnos a sumarnos a esa declaración de intenciones que fue la hímnica “Born to Rock N´ Roll”.
El cuarteto británico parecía tener las cosas claras, y los que daban ambiente a un Razzmatazz cada vez más caliente y animado también. Por supuesto, no estaban dispuestos a levantar el pie del acelerador ni a dejar de rockear como si les fuera la vida en ello. Así que para seguir calentando los ánimos del personal, qué mejor que invitarnos a ser partícipes de “If It’s Too Loud, You’ re Too Old”. Creo que todos lo intuíamos, sabíamos que iba a llegar ese momento. De modo que la banda cumplió con nuestras expectativas al marcarse un cover de sus idolatrados Motörhead, concretamente del noventero “Born To Raise Hell”, que desató, aún más si cabe, la euforia entre un personal que se encargó de poner el recinto patas arriba mientras todos entonábamos su coreable estribillo con el puño en alto.
A estas alturas del show, la conexión entre banda y público era ya inapelable. Asomvel estaban dando a los presentes una buena dosis de lo que habían venido a buscar. Así que la segunda parte del show se inauguró con el toque macarra que imprimieron a “Outside The Law”, que nos dejaba con la estampa de Ralph fusilándonos con su bajo mientras Stel Robinson y el fundador de la banda, Lenny Robinson, intercambiaban sus posiciones sin dejar de correr por el escenario. Quizás su batería, Ryan Thackwray, no sea muy vistoso, ni un gran virtuoso a la hora de atacar su instrumento. Sin embargo, lo que nadie puede negarle es que propulsó a sus compañeros en trallazos rotundos y humeantes como “Set Your World On Fire”.
Me encantó esa flema callejera, macarra y descarada que exhibió el cuarteto y que quedó fantásticamente plasmada en los vacilones ritmos con matices boogie-rock de “Luck Is For Losers”, que se zanjaba con el reconocimiento de un público que no vaciló a la hora de tributarles una buena ración de cánticos futboleros. Mucho más rápida, directa e incisiva resultó “Lone Wolf”, un zarpazo que sirvió para que pisaran el acelerador a fondo y nos mostraran su enfermiza pasión por la velocidad. Antes de dar por concluida su enérgica e incendiaria descarga, Asomvel todavía tendrían ocasión de invitarnos a participar en los contagiosos coros de “Light’ Em Up”, con un Ralph completamente desatado, que se bajó al foso para estar aún más cerca de sus seguidores. Mientras que la despedida definitiva llegaría con “The Nightmare Ain’t Over”, sellando así su inapelable triunfo a su paso por la ciudad condal.
En muchas ocasiones, menos es más. Sí, por supuesto, a todos nos gustan los grandes montajes, los fuegos artificiales, el confeti, las proyecciones... Sin embargo, no nos engañemos, también mola, y mucho, ceñirse a lo verdaderamente imprescindible. Mola volver a las raíces, dejar de lado todo lo accesorio para disfrutar del rock n' roll en estado puro. Sin artificios innecesarios, sin pretensiones y simplemente con la actitud de disfrutar al máximo y dejarse arrastrar por la locura de la música. Y si realmente eso es lo que buscas, Airbourne tienen que ser, obligatoriamente, una de tus bandas. Con una disposición escénica clásica y muy similar a la de Asomvel. Es decir, un gran telón de fondo junto a una imponente pared de Marshall’s, con un espacio en el centro para colocar la batería, fue todo lo que utilizaron los australianos como montaje escénico. Bueno, todo no, ya que también colocaron un par de paneles de luces que desde la parte superior trasera del escenario apuntaban en picado hacia las primeras filas.
Tampoco puede decirse que su dispendio en cuanto a vestuario se refiere fuera muy cuantioso. Salieron a escena vistiendo ropa muy informal, prácticamente de calle: luciendo jeans y camisetas. Bueno, todos no, ya que su líder y frontman Joel O´Keeffe, apareció como siempre lo ha hecho: a pecho descubierto y embutido en unos gastados y harapientos jeans. Sin duda, esa cercanía con sus seguidores es uno de los factores claves que hacen que la banda consiga conectar con sus fans. Y eso fue algo que pudimos percibir desde antes de que arrancara el show. Durante los instantes previos al inicio de la descarga y mientras sonaban clásicos de Maiden y Metallica, pudimos apreciar cómo se caldeaban los ánimos. Sin embargo, la locura total, con varios pogos y lanzamiento generalizado de cervezas, se produjo cuando, a través de la megafonía del local, empezó a atronar el "Ace Of Spades", dejando claro que, -por si alguien albergaba alguna duda-, esta iba a ser una noche de rock n´ roll no apta para los no iniciados.
Con un ligero retraso sobre el horario inicialmente previsto, empezaba a sonar a través del P.A., su introducción habitual, basada en la banda sonora de Terminator 2, mientras las luces de color rojo se encargaban de ambientar el escenario para el inminente desembarco del cuarteto. No hubo sorpresas; Airbourne salieron a por todas, con las pilas bien cargadas y dispuestos a no otorgar concesiones ni hacer prisioneros. Salieron apostando sobre seguro, dando cancha a una de sus composiciones más enérgicas y marchosas: “Gutsy”, que estrenaron el pasado año y que se ha convertido ya, viendo la reacción de sus seguidores, en uno de sus himnos imprescindibles. Carreras, ritmos arrolladores y riffs directos y certeros fue lo que marcó la descarga de los australianos desde el mismo arranque, dejando claro que en esencia nada ha cambiado en la formación desde su última visita.
Ante un público que parecía absolutamente poseído, la lluvia de vasos y los saltos del personal fueron una constante a lo largo de toda la velada, llegaba el momento de ponernos a todos a cantar uno de sus magistrales estribillos, el de “Too Much, Too Young, Too Fast”, con el que nos invitaban a echar la mirada a aquel ya lejano “Runnin´ Wild”, que les puso en el mapa hace ya casi dos décadas y que a día de hoy sigue conservando intacta la frescura y el buen rollo que transmite. Y es que el tema fue la perfecta banda sonora para la fiesta que se montó en los aledaños del escenario mientras la banda nos ofrecía un primer asalto, con la tripleta de cuerda uniendo fuerzas en la parte central del escenario, de característicos movimientos sincronizados.
Tras haber aterrizado de la mejor posible y contando en todo momento con el respaldo del personal, los músicos se situaron de espaldas al respetable, mirando hacia la batería de Ryan, para desplegar ese riff deudor de AC/DC que nos permitió identificar que la siguiente en hacer acto de presencia iba a ser “Cradle To The Grave”. Fue esta la excusa para dejar plasmada su decidida apuesta por la tiranía de los riffs mientras Joel clavaba sus rodillas en el suelo para provocar el delirio generalizado. El personal estaba ya caliente, exaltado, en plena efervescencia, y los australianos no parecían dispuestos a que el vendaval amainara. De modo que con Joel y David Road encarados, el uno contra el otro, arrancaba “Hungry”, con la que apretaban aún más el paso, haciendo que la locura siguiera reinando frente al escenario.
No dejarían de indagar en el material contenido en “Black Dog Barking”, para seguir martilleándonos con el ritmo frenético e implacable de “Back In The Game”, que nos dejaba la estampa de Joel paseándose por el escenario, micrófono en mano, mientras espoleaba, una vez más, a su fiel parroquia de incondicionales. Un detalle que me llamó la atención con respecto a anteriores visitas de la banda fue que en esta ocasión las pausas entre tema y tema fueron algo más largas, permitiendo a los músicos y especialmente a Joel recuperar el aliento. No obstante, cuando sonaba la música y especialmente temas como el hímnico “Raise The Flag”, toda una reivindicación de garra, espíritu y actitud rockera; el incansable frontman no paró de saltar y correr mientras castigaba inmisericordemente su guitarra. Fue esta también la pieza en la que Joel se paseó por toda la sala a hombros de uno de sus “pipas” a la vez que nos deleitaba con su particular técnica para abrir latas con la cabeza.
Acto seguido, llegaría el momento de otro de los “numeritos habituales” que la banda suele incluir en todas sus descargas como parte imprescindible del show. Y es que durante la macarra y desenfadada “Cheap Wine & Cheaper Women”, llegó el momento del reparto de birras lanzadas desde el escenario con la consiguiente celebración cada vez que alguien del público conseguía “cazarla” al vuelo. Sorpresivamente, en esta gira, el combo de Warrnambool no traía un nuevo largo que presentar. En cualquier caso, eso no quiere decir que el cuarteto no dejara caer algún nuevo tema en forma de adelanto de lo que será su próximo lanzamiento. “Alive After Death”, fue ese caramelo que nos regalaron para ponernos los dientes largos, y cabe remarcar, para alegría de sus adeptos, que el tema bien podría haber formado parte de cualquiera de sus entregas previas.
Otro detalle que me llamó poderosamente la atención fue que los australianos dejaron completamente aparcados los temas incluidos en lo que hasta el momento ha sido su último redondo, “Boneshaker” (2019). Mientras que de su predecesor, que se publicó en 2016, hace ya una década, únicamente rescataron el tema homónimo, “Breakin’ Outta Hell”, que arrancaba con el escenario teñido de rojo mientras el tema crecía acompañado por las palmas del público para posteriormente expandir su imparable torrente rockero. Una nueva mirada a su debut de 2008 serviría como excusa para ponernos a todos a botar mientras levantábamos los puños para acompañar el ganador e inapelable estribillo de “Diamond In The Rough”. En giras anteriores había sido la elegida para abrir los bises. Sin embargo, esta noche no fue así. Lo que no cambió fue que “Live It Up”, llegó precedida del sonido de la sirena antiaérea cuya manivela azuzó enérgicamente el batería Ryan O’ Keeffe. Durante este tema, que fue el que el elegido para poner el punto y seguido al show, apareció en escena la barra móvil con la estampa del Snaggletooth, que fue donde un “pipa” fue depositando los vasos que Joel lanzó al público.
Tras poco más de una hora de concierto, Airbourne abandonaban el escenario. Todos teníamos la certeza de que el espectáculo aún no había concluido. Así que el respetable coreó de forma reverencial e incansable ese característico cántico futbolero hasta que los músicos volvieron a hacer acto de presencia para ponernos nuevamente las pilas al son de un impactante “Ready To Rock”, que volvía a desatar la euforia entre unos seguidores que se sumaron a la fiesta con un nuevo bombardeo de vasos. No podía ser de otra forma. Para poner el broche definitivo a su incendiaria presentación, la banda optó por la inevitable “Runnin´ Wild”, que con los músicos y sus seguidores en perfecta sintonía se convirtió en el mejor broche para una velada de auténtico y genuino rock n’ roll.
Fue divertido, fue intenso, pero no nos engañemos, a más de uno se nos hizo muy corto. Poco hay que reprochar en cuanto a entrega y actitud al combo australiano. Sin embargo, creo que deberían dar una vuelta de tuerca a su show e intentar incluir 3 o 4 temas más. En cualquier caso, como decía: saltamos, cantamos, vibramos intensamente y, en definitiva, nos lo pasamos en grande.Si Airbourne no existieran, alguien tendría que inventarlos.



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